Las condiciones de vida y salubridad de la mayoría de la población del planeta que, eufemísticamente, denominamos "en vías de desarrollo", sabemos que son muy precarias, pero... ¿Cuál es la salud real de los que se supone que somos los privilegiados habitantes del primer mundo?
Tan sólo apuntaré algunos de los datos más recientes que pueden servir como indicadores de nuestro grado de salud física y mental: El 30% de los niños tienen sobrepeso; el 22% de los españoles entre 4 y 15 años presentan riesgo de padecer problemas de salud mental; el 80% de los habitantes de las ciudades sufre o sufrirá algún tipo de alergia; el 25% de las niñas y el 15% de los niños han sufrido algún tipo de abuso sexual.
Ayer mismo se dieron a conocer tres nuevos casos de muerte por encefalopatía espongiforme; antes de ayer era detenido un pederasta asesino de una niña que ya había sido condenado por abusar de su propia hija y que, inexplicablemente, continuaba en libertad. Ya han dejado de sorprendernos noticias de madres capaces de matar a sus propios hijos, maridos que asesinan a sus mujeres, hijos que acaban violentamente con la vida de sus padres, terroristas que disparan contra sus vecinos, mafias organizadas de delincuentes que agreden salvajemente a sus víctimas, etc.
Pero este tipo de problemas de salud física, mental, social y espiritual, no son nuevos, ni mucho menos. A finales del siglo XIX, el naturalista, escritor y filósofo norteamericano, John Muir, escribió lo siguiente:
"Diganme cuáles son las ventajas de la civilización urbana, de la dulce seguridad de las calles, siendo todo ello parte del desarrollo natural del hombre hacia los elevados destinos de los que tanto oímos hablar. Yo sólo sé que nuestros cuerpos fueron hechos para desenvolverse en el aire puro, y en los escenarios en los que se encuentra el aire puro. Si las emanaciones mortales que se extienden por las ciudades en las que somos tan aficionados a hacinarnos, fuesen visibles, seguramente, huiríamos de ellas como de la peste. Todos estamos más o menos enfermos. No hay nadie perfectamente sano en San Francisco".
John Muir fue ante todo un naturalista que, curiosamente, durante una gran parte de su vida, minusvaloró la literatura. De hecho, le costó mucho empezar a escribir sus vivencias, experiencias e ideas, y no lo hizo hasta su vejez, animado por los sabios consejos de algunos amigos y colegas. Sin duda, fue un hombre de acción, que prefería andar por la montaña, antes que sentarse a escribir en un gabinete, tal y como refleja el siguiente párrafo:
"No hay palabras que puedan hacer que alguien conozca realmente estas montañas. Como tampoco es posible calentar al desnudo mediante lecturas acerca de la energía calórica, ni dibujos de una llama. Mirad que voluntariosamente posa la Naturaleza sobre las placas fotográficas. Ninguna sustancia química es más sensible de lo que lo es el alma humana. Todo lo que se requiere es exposición y limpieza del material. "Los limpios de corazón verán a Dios"."
Con estas palabras, John Muir quería hacer hincapié en la natural, innata e irresistible atracción que la belleza de la Naturaleza ejerce sobre todo ser humano, lo quiera reconocer o no. Otra cosa es que, debido a nuestra codicia y egoísmo, seamos capaces de anteponer intereses particulares o, incluso, supuestos intereses generales de la especie humana, y encontrar escusas para destruir esa belleza natural y sustituirla por feos paisajes urbanos e industriales.
Su filosofía tiene un significado profundamente estético, Muir, realmente, pensaba que todo lo que desentona en el entorno natural, todo lo que resulta feo o discordante con la Naturaleza, no puede ser bueno, ni desde un punto de vista puramente estético, ni desde la dimensión ética y espiritual del ser humano. Él estaba convencido de que los paisajes naturales y la belleza de la Naturaleza tienen un poder curativo y terapéutico real, tanto para el cuerpo como para el alma. Si bien, su concepto de la belleza era muy amplio y poco convencional, ya que disfrutaba igual de las flores, los árboles, las aves, las cascadas, los lagos, los glaciares, las cumbres nevadas o de una buena conversación, como del cascabeleo de una serpiente venenosa, las tormentas, los huracanes, los terremotos, las riadas, los volcanes o los incendios.
En su juventud, John Muir estuvo a punto de morir asfixiado por inhalación de gases tóxicos, en el interior de un pozo que estaba excavando en la granja familiar, en Wisconsin. En otro de sus escritos compara la situación de la civilización moderna con aquella experiencia traumática, expresando que nuestro afán actual por el crecimiento, basado en el desarrollo tecnológico, a costa de esquilmar los recursos naturales y deteriorar la belleza natural, es como cuando él estaba dentro de aquel pozo, y cuanto más se adentraba en él, más mareado y débil se encontraba para poder salir por sus propios medios, y si no llega a ser por su padre, que le sacó en el último momento, habría fallecido dentro de aquel oscuro agujero, con toda seguridad. Para él, la Naturaleza es ese padre salvador, y su belleza, ese brazo poderoso capaz de sacarnos del pozo insalubre en el que nos estamos hundiendo cada vez más.
Estas cosas las escribió un gran sabio, a finales del siglo XIX, alguien que fue amigo del Presidente Roosevelt, gracias al cual se crearon los primeros Parques Nacionales del mundo, pero poco más, realmente, en lo fundamental, casi nadie hizo caso de las enseñanzas del Sr. Muir. En el fondo, todos pensaron que se trataba de un pobre viejo, excéntrico, chiflado y barbudo. En realidad, fuera de esos pocos espacios protegidos, el desarrollo incontrolado continuó, hasta llegar a la situación actual.
¿Y si tuviese razón? ¿Y si ya estuviésemos tan ciegos como para no poder apreciar la belleza natural? ¿Y si ya no quedase nadie lo suficientemente sano y cuerdo como para guiarnos fuera del pozo? ¿Y si ya fuese demasiado tarde?
Resuena en el sombrero: "Wild Mountain Thyme".- Don Williams & The Chieftains (Nashville (Tennessee), 2003). Una canción tradicional propia de las montañas escocesas, donde nació John Muir, que, como él, viajó a América, pasando primero por el filtro irlandés de los veteranos "Chieftains" y cantada finalmente en Nashville, por el profundo vozarrón del tejano y no menos veterano Don Williams.
















