miércoles, enero 26, 2011

1.167 AÑOS






Un frío anochecer de finales de noviembre del año 882, un pequeño bando de zorzales alirrojos que se encontraba de paso en su viaje migratorio hacia el Sur, se refugió en una mata de acebo para alimentarse con sus rojas bayas y pasar la noche a resguardo del viento, antes de acometer la dura tarea de atravesar la Sierra de Moncalvillo.

El acebo se encontraba entre los peñascos del borde de un canchal, en una ladera de umbría, estratégicamente situado a sotavento del cierzo helador, en el claro de un hayedo.

Los zorzales, al defecar durante la noche, dejaron el regalo de una semilla de tejo que quedó dormida entre los intersticios de las rocas del canchal.

Pasaron dos primaveras, hasta que en el amanecer del radiante día del 23 de mayo del año 884, la semilla de tejo despertó de su letargo y emitió un tierno brote, mientras en la lejanía del valle del Iregua resonaba el fragor de la batalla de Clavijo, y el resplandor del sol reflejado en la espada que blandía Santiago Matamoros iluminó fugazmente sus verdes hojas.

Esta batalla de Clavijo se produjo como consecuencia de que el rey cristiano Ramiro I de Asturias se había negado a pagar los tributos de los emires árabes, especialmente el tributo de las Cien Doncellas, lo cual exasperó a las huestes musulmanas que acudieron raudos a la Guerra Santa contra los cristianos, quienes vencieron debido al auspicio del Apóstol Santiago, que se le había aparecido en sueños al rey Ramiro I.

En apoyo del rey también acudió el noble Don Sancho Fernández, a quien se había encomendado la defensa de Cameros y La Rioja. En mitad del combate, perdida su arma por circunstancias de lid, tomó Don Sancho una rama de tejo y la empleó como arma ofensiva contra los musulmanes, al grito de "¡Teixedo!". A raíz de estos acontecimiento se fundaron los solares de Tejada y Valdeosera.

Unos años más tarde, en el 918, Ordoño II de León y Sancho Garcés I de Navarra unieron sus fuerzas para atacar las propiedades riojanas de los Banú-Qasi del emir Abderramán II; tras una campaña fulgurante, el rey navarro fortificó los castillos de Arnedo y Viguera. Pero el control cristiano fue efímero, ya que el 31 de julio del 920, Abderramán III entraba de nuevo en el castillo de Viguera, tras su victoria en Valdejunquera, haciéndolo destruir al encontrarlo vacío. Tres años después, reconquistaba la villa el rey navarro Sancho Garcés I.

Mientras los hombres andaban atareados en sus violentas disputas y contiendas, la vida de nuestro joven tejo transcurría sin demasiados contratiempos en la tranquilidad de su alto canchal, únicamente perturbada muy de vez en cuando por algún desprendimiento de rocas, la acción del hielo y la nieve, o quizás algún que otro mordisco de algún corzo despistado o de alguna cabra que algún valiente pastor se había atrevido a llevar hasta estos abruptos parajes, en los que todavía reinaba el lobo; ya que, en aquellos tiempos, las gentes diezmadas por las hambrunas del medievo y las manadas de lobos hambrientos, mantenían a raya a las poblaciones de caza mayor, hasta llevar a los cérvidos al borde mismo de la extinción.

Por eso, cuando en los siglos XIII y XIV se produjo el apogeo ganadero impulsado por el Honrado Concejo de la Mesta, nuestro tejo, que ya contaba con más de 400 años, había alcanzado una altura y porte suficientes como para escapar sin problemas al ávido diente de la cabra y la vaca, y los acebos y las hayas que le hacían sombra en sus primeros años, hace tiempo ya que murieron de viejos y sus troncos putrefactos yacían a su alrededor aprovisionándole de esponjosa materia orgánica repleta de nutrientes, que le ayudaron a crecer y extender su oscuro y follaje por esa zona del canchal, entre cuyas rocas ya despuntaban algunos nuevos retoños procedentes de semillas de la vieja madre tejo.

Los despojos y restos de las ramas, cortezas y hojarasca del tejo contienen unos alcaloides tóxicos con un notable efecto alelopático, de manera que impiden la germinación de plantas bajo su copa y de árboles competidores en las proximidades.

Con la madera de tejo se fabricaban los arcos de mayor alcance de la época, lo que motivó que fuese una especie protegida por la Corona Inglesa durante la Edad Media, siendo la horca la pena que se imponía a quien osara cortar o dañar un tejo real. Sin embargo, nuestro protagonista ibérico, que vive en un apartado canchal de la Sierra de Moncalvillo, es posible que sufriera alguna que otra poda proferida por algún aprendiz de Robin Hood.

En 1398 se firmó la llamada Concordia del Monte Moncalvillo, mediante la cual se reguló la explotación de dicho monte, fijándose los límites de aprovechamiento común a ambos concejos: el de las Villas del Campo (Navarrete, Manjarrés, Sotés, Hornos, Daroca, Entrena, Sojuela y Sorzano) y el de las Villas del Iregua (Nalda, Viguera y Castañares de las Cuevas).

Durante el siglo XVI se roturaron activamente los bosques para extender la superficie cultivada ante la mayor demanda de alimentos de la creciente población.

En este período de aumento considerable de la presión humana, nuestro ya maduro tejo de 700 años, junto con sus vástagos de 100 a 500 años, consiguieron aguantar el azote del fuego y el hacha, acantonados en su inexpugnable refugio del canchal serrano.

En los siglos XVII y XVIII la ganadería entró en un período de crisis que culminó con la desaparición de la Mesta en 1836.

Un hito importante para la protección de estos montes se produjo con la promulgación en 1748 de las Reales Ordenanzas para repoblar los montes con hayas, encinas, robles, castaños, nogales y chopos, aprovechando riberas y vertientes, de manera que cada vecino debía plantar al menos cinco árboles en tierras baldías y montes.

Estos montes, al estar cubiertos por especies norteñas, tales como hayas, robles y acebos, tuvieron la suerte de escapar a la Desamortización de Mendizábal y la Ley Madoz (1834 – 1855), por las que numerosos montes públicos y propiedad de la Iglesia pasaron a manos privadas, siendo la mayoría de ellos roturados, esquilmados o malogrados. De forma que la inmensa mayoría de los montes de la Sierra de Moncalvillo han logrado conservarse intactos, formando parte del patrimonio de los ayuntamientos, mancomunidades y, a partir del 2001, también de la Comunidad Autónoma de La Rioja.

Sin embargo, durante esta loable última etapa de estabilidad y profesionalidad de la gestión forestal, hay que reseñar que, a raíz de la reintroducción del ciervo en las sierras de la Demanda y Cameros, realizada en los años 1970 mediante la realización de sueltas de ejemplares procedentes de la Sierra de Cazorla y los Montes de Toledo, las densidades de grandes herbívoros (cérvidos + ganado) que se han alcanzado en muchas zonas de la sierra dificultan enormemente la regeneración y el desarrollo de los ejemplares jóvenes de tejo. Si bien, afortunadamente, en la zona del apartado canchal donde vive nuestro protagonista (primera foto) hay unos pocos ejemplares jóvenes que, aunque algo recomidos (quinta foto), parece que tienen el desarrollo suficiente como para garantizar la permanencia de esta antigua y valiosa especie, verdadera joya botánica de nuestros montes.

Es de reseñar el hecho ocurrido el 9 de febrero de 1995 en el anfiteatro de la Plaza Joaquín Elizalde de Logroño, cuando, con motivo de la conmemoración del Noveno Centenario del Fuero de Logroño, Sus Majestades Don Juan Carlos y Doña Sofía plantaron allí un tejo de unos 50 años de edad.

Porque hay que decir que, aunque esta especie es escasa en nuestros montes, resulta bastante frecuente en muchos jardines europeos, así como en los cementerios ingleses y bretones, debido a que, por su gran longevidad, simboliza la vida eterna, existiendo ejemplares cuya edad supera los 3.000 años.

Debo confesar que, cuando realicé las fotos de arriba, no me pude resistir al impulso de abrazar algunos de estos bellos, imponentes, mágicos y longevos árboles. Me sorprendió comprobar lo increíblemente cálido y suave que es el tacto de su corteza. Uno siente que su cuerpo es recorrido por una tremenda energía vital que transmite mucha paz y serenidad ¡Ojalá cumplan otros 1.167 años! ¡Larga vida!

jueves, enero 13, 2011

EL INFIERNO ESTA LLENO DE BUENAS INTENCIONES





A comienzos de año suele ser habitual plantearse buenos propósitos, aunque para esta loable labor conviene ser realistas y proponerse metas alcanzables y realizables, así como comenzar con cosas sencillas y concretas. Así que, como nos estamos aproximando al tiempo apropiado para realizar la poda de la mayoría de las especies leñosas, simplemente voy a proponer el siguiente objetivo: podemos bien, por favor.

Empezaré por enseñar lo que no hay que hacer, y un buen ejemplo de ello es la aberración que aparece en las fotos de arriba. Hay mucha gente que se cree que forzando a los árboles, mediante podas salvajes, van a conseguir que éstos "se estiren", crezcan más y mejoren su porte, y para ello llegan hasta el extremo de cortar casi todas las ramas, dejando únicamente un ridículo penacho de hojas en la cúspide. Esto es, a todas luces, un tremendo atentado que daña y debilita enormemente a los árboles.

No debemos olvidar que las plantas se nutren a través de sus hojas, y éstas suelen estar prendidas en las ramas, así que siempre hay que dejar el suficiente número de hojas para que el árbol pueda nutrirse y desarrollarse correctamente. Con la poda, lo que se pretende es favorecer la dominancia apical, la correcta ramificación, mejorar la calidad de la madera del fuste y dificultar la propagación de incendios, para lo cual lo que se hace es eliminar las ramas del tercio inferior de la altura total del árbol, y aquellas ramas superiores que puedan producir bifurcaciones o tiendan a crecer verticalmente compitiendo con la guía terminal.

Para la producción de madera, lo ideal es que las ramas sean finas, horizontales y se distribuyan lo más homogéneamente posible a lo largo del tronco, es decir que no se aglomeren en verticilos que puedan producir deformaciones y un exceso de nudos.

Si nos pasamos en la eliminación de ramas y dejamos el tronco excesivamente desnudo, van a suceder tres cosas: en primer lugar el árbol se debilita por una pérdida excesiva de follaje (hojas captadoras de energía), la corteza puede sufrir una insolación excesiva y producirse quemaduras en la cara orientada al sur, y también es frecuente la indeseable emisión de "chupones" en la base del tronco.

Si lo que se pretende con la poda es favorecer la fructificación (árboles frutales), no nos interesan fustes altos y limpios, sino todo lo contrario, hay que procurar que las ramas gruesas se abran desde un baja altura y que las ramas secundarias se extiendan horizontalmente sin cruzarse, ni estorbarse, ni rozarse, de forma que el máximo número de ramas queden bien iluminadas y aireadas, con una estructura lo más sencilla posible, similar a lo que podría ser la de un paraguas con sus varillas abiertas.

Con respecto a la época apropiada para realizar las podas, lo que se busca es que las heridas permanezcan abiertas el mínimo tiempo posible, sin dañar la época más sensible que es la brotación y la floración, teniendo una buena visibilidad de las ramas de los árboles. Por eso, el momento más apropiado para la mayoría de las especies suele ser el final del invierno (febrero y principios de marzo), poco antes de que el árbol comience a brotar, de forma que, durante la primavera y el verano, en su crecimiento anual, produzca nuevas capas de madera y corteza que cubran las heridas lo antes posible. Para ello también es importante procurar no retrasar mucho tiempo las podas, es decir, que cuanto más finas sean las ramas que se cortan mejor, para que el diámetro de las heridas sea el mínimo posible.

Sin embargo, hay algunas excepciones a esta regla general, como por ejemplo sucede con los cerezos (Prunus), debido a que son muy sensibles a que penetren hongos y bacterias patógenas durante el invierno, motivo por el que suelen evitarse riesgos podando en mitad del verano (julio), de forma que durante los meses de agosto y septiembre al árbol le da tiempo a proteger o cerrar la mayor parte de las heridas, y la eliminación de parte del follaje en pleno estío ayuda al árbol a reducir el estrés hídrico que suele sufrir en esta época de habitual sequía en nuestros climas mediterráneos.

En cuanto a cómo de pegado al tronco debemos cortar las ramas, no es bueno ni dejar un muñón, ni eliminar parte de la corteza del tronco, lo ideal es cortar justo por encima del rodete de inserción de la rama, un pequeño pliegue o arruga de la corteza que suele haber justo en el punto en el que la rama se une al tronco, procurando que el corte sea limpio, sin dejar flecos ni rasgaduras. De nuevo, todo va encaminado a favorecer que la cicatrización se produzca lo antes posible.

Si no tenemos más remedio que cortar ramas relativamente gruesas, conviene proteger las heridas con una pasta selladora, ahora hay productos que permiten la transpiración, favorecen la cicatrización y evitan la infección de hongos (fungicidas). La práctica antigua de cubrir las heridas con brea, pintura sintética o incluso cemento no es aconsejable.

Capítulo aparte merecería la poda de los bonsais, pero eso es algo muy específico en lo que no voy a entrar ahora.

Bueno, así que ya lo sabéis, a podar bien! Y si encima conseguís dejar de fumar, ya sería la hostia!

domingo, enero 02, 2011

QUERIDOS KINKS MAGOS...





Aprovechando el espléndido día de sol que hoy nos ha regalado, esta mañana he ido a dar un paseo por los jardines del Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Y de repente, entre el rincón dedicado al sabinar y el del matorral mediterráneo, me ha parecido identificar un rostro tremendamente familiar,... pero bueno,... un momento... vamos a ver... ¡No puede ser! ¿¿¿¡¡¡Una escultura del busto de nuestro amigo “Atikus” en el Museo de Ciencias Naturales!!!??? ¿Cómo es posible? Totalmente sorprendido y boquiabierto me acerco a la estatua y compruebo con asombro que se trata de Don Luis Benedito Vives, un ilustre taxidermista que, a finales del siglo XIX, realizó su excelente trabajo en el Museo de Ciencias Naturales ¡Qué curioso! Pero es que el jodío es clavadito a “Atikus”, comprobadlo vosotros mismos en las fotos segunda y tercera.

La mayoría de los que visitáis este blog con cierta asiduidad conocéis o habéis oído hablar de nuestro querido amigo “Atikus” (en las fotos tercera y cuarta). Y estoy seguro que todos echamos de menos sus amenas y originales entradas sobre películas, actores, actrices y en general todo lo que tiene que ver con el cine y, en ocasiones, también con la música, sin duda dos de sus grandes pasiones.

Algunos de nosotros tenemos la gran suerte de conocerle en persona, en mi caso desde hace ya unos cuantos años, incluso décadas. La primera vez que le vi, cuando él tocaba la guitarra en los inolvidables “Ciento Bailando", fue en las puertas de la legendaria sala “Rockola”, con su sonrisa burlona, su pelo encrespado y sus boogies de gamuza azul, no pude evitar relacionarle con uno de mis ídolos musicales de entonces, el gran Germán Coppini, cantante de “Golpes Bajos” (en la quinta foto).

Sin embargo, después de escuchar el impresionante disco “The Kinks Choral Collection” (que ya traje a colación cuando lo descubrí gracias a Radio 3), salvando las distancias, he descubierto ciertas similitudes entre nuestro amigo “Atikus” y el bueno de Ray Davies (en la primera foto).

Ferni Atikus” siempre se ha caracterizado por su agudo sentido del humor, por lo que estoy seguro que sabrá perdonarme esta pequeña broma, al igual que Ray Davies siempre hizo gala de un exquisito humor inglés, no exento de una irónica visión crítica del mundo. Por otra parte, los Kinks le dedicaron una canción a esos inmortales “héroes del celuloide”, por eso, ahora que se acerca la festividad de los Reyes Magos, me apetece regalarle a “Atikus” esta impresionante versión del “Celluloid Heroes”, a cargo del líder de unos auténticos reyes musicales “The Kinks”, acompañado grandiosamente por las voces corales del “The Crouch End Festival Chorus”:

¡Vivan The (Kings) Kinks!¡Larga vida al Rey Ray! ¡Larga vida a “Atikus”!

De propina he añadido dos de mis canciones favoritas de los Kinks8: Por un lado, la archiconocida “You Really Got Me” (también en la impresionante versión coral); y por otro, una de las menos conocidas, en este caso compuesta por Dave Davies (el hermano menor de Ray) , se trata de “Love Me Till The Sun Shines” (incluida en su LP “Something Else By The Kinks”), que quizás hubiese pasado aún más desapercibida si no hubiese sido versioneada por “The Lyres” en 1986, cuando, otro genio loco de la música, Jeff Conolly, consiguió mejorar la canción, prolongando ese final con palmas y órgano que en la versión original se queda corto y nos sabe a poco.

Resuenan en el sombrero: “Celluloid Heroes” y “You Really Got Me”.- Ray Davies (London, 2009) y “Love Me Till The Sun Shines”.- The Kinks (London, 1967):




P.D.: Querido “Atikus”, ya sé que hubieses preferido que hubiese sonado la música de tus queridos “Ramones”, pero me ha salido así, macho ¡Qué le vamos a hacer!