viernes, septiembre 11, 2026

LOS SECRETOS ESCONDIDOS AL OESTE DE LA TRISTEZA


Tras la emisión en la 2 de TVE, en el programa “Imprescindible”, el pasado domingo 6 de septiembre de 2026, del documental “Enrique Urquijo, volver a ser un niño”, he vuelto a releer el libro “Enrique Urquijo. Adiós Tristeza” (Miguel Ángel Bargueño, 2005).

La primera vez que leí ese libro, me inspiró una entrada titulada “Viento de pecanas en el Parque del Oeste”, que refleja el paralelismo entre las vidas y caracteres de dos grandes artistas como fueron Gram Parsons y Enrique Urquijo, que, un año más tarde, recordé en la entrada “Viento de pecanas en Aranjuez, inspirado en la canción “Hickory Wind” de Gram Parsons, una de las favoritas de Enrique Urquijo. Si bien, pensándolo mejor, el parque madrileño más cercano a la vida del famoso cantante de Los Secretos supongo que será el de la Plaza del Conde del Valle Suchil, al que daban las ventanas de la propia casa de la familia Urquijo, en el céntrico barrio de Argüelles, en el que pasé toda mi infancia y juventud. Siempre recordaré la impresión que me causó toparme con el mismísimo Enrique Urquijo plantado en la acera de una esquina, justo al lado de la casa de mis padres en la calle Blasco de Garay, parecía que estaba esperando a alguien con quien habría quedado, algo inquieto, con aquella mirada suya tan intensa, como de niño frágil y sensible, pero, a la vez, algo fría e inexpresiva, algo dura, como de jugador de póquer en el salón de un western.

El capítulo 11 del libro, “Volver”, narra la gestación del álbum “El Primer Cruce” (1986), que supuso el regreso de Los Secretos, tras el parón sufrido en 1983, cuya portada está inspirada en la del álbum “Oldways” (1985) de Neil Young, que supuso la vuelta a las raíces “country” del veterano músico canadiense, y que también me impactó profundamente.

En aquella época, finales de la “movida” (1983-86), hubo un resurgir por la música de guitarras y a muchos grupos españoles les dio por acercarse al “Country-Rock”, tales como Los Pistones (con su recordado “Pistolero”), estos “nuevosSecretos y La Frontera. Con los miembros de esta última banda, solíamos coincidir en el bar “Más Allá”, en el barrio de Malasaña, no lejos de donde murió Enrique por sobredosis, tirado en un portal de la calle Espíritu Santo.

Aún recuerdo la cara de sorpresa de mi buen amigo Carlos, cuando, una buena tarde, me vio aparecer con un sombrero vaquero (bastante cutrecillo, de color verdoso y pelín pequeño, que me compré en una sombrerería de la Plaza Mayor), sobre la cabeza, y, calzando mis pies llevaba unas botas camperas de segunda mano, que había heredado de alguno de mis primos de mayor edad.

En el libro “Adiós Tristeza”, se habla de la exaltación de la tristeza, el “amor a los perdedores”, la exageración de las emociones y el exceso en el consumo de sustancias, con el fin de “ahogar las penas en alcohol”, unos temas habituales en el “country” y en las “rancheras”, que encajan a la perfección con la compleja personalidad voluble, hipersensible y autodestructiva de Enrique, como bien se refleja en la canción más emblemática de ese disco de 1986 y, según mucha gente, una de las mejores canciones en el repertorio de Los Secretos: “Quiero beber hasta perder el control”.

La verdad es que, durante aquellos años de los 80, no me explico cómo conseguimos sobrevivir al alcohol, las drogas, los accidentes de tráfico y la violencia en las calles, propia de la delincuencia y el terrorismo que campaba a sus anchas en aquella época.

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