La mitad de mi carrera profesional como Ingeniero de Montes la he dedicado a gestionar las ayudas de reforestación, cofinanciadas con fondos europeos y complementarias de la Política Agraria Común (PAC), pero, más allá de lo profesional, siempre he tenido una auténtica y profunda vocación encaminada hacia el estudio y conservación de los bosques. Durante los últimos años, he ido conociendo algunas informaciones que me han hecho abrir la mente y reconocer ciertos errores o simplificaciones históricas llevadas a cabo por algunos colegas del “sector forestal”. Los libros y artículos que más me han influido son los siguientes:
1º) El libro “La Reconstrucción Natural de la Vegetación Leñosa en Zonas Agrícolas Abandonadas” (Mª Dolores Sánchez López, 1995), del que extraigo el siguiente párrafo: “En este sentido se manifiesta González Bernáldez (1990), cuando habla de que la conservación y regeneración de la cubierta vegetal no sólo ha de referirse a los espacios arbolados y comunidades nemorales, y que merecen, por el contrario, gran atención en nuestro país las superficies arbustivas, de caméfitos y herbáceas, con escasa representación arbórea, resultado de antiguos sistemas de uso y que contienen una gran riqueza y diversidad biológica, junto con propiedades y valores edafogenéticos, hidrológicos, faunísticos y paisajísticos de gran importancia”.
2º) El libro “La Vida Secreta de los Árboles” (Peter Wohlleben, 2015), del que extraigo el siguiente párrafo: “El tiempo necesario para que se forme un verdadero suelo de bosque es algo que nadie sabe. Lo único seguro es que cien años no son suficientes. Pero, de hecho, para que la regeneración se produzca en algún momento, son necesarias reservas de bosques ancestrales, sin ningún tipo de influencia humana. En este entorno, la diversidad de la vida del suelo puede perdurar y actuar como célula germinal para la recuperación de las zonas colindantes”. En consecuencia, el autor pone en duda la necesidad y eficacia de las plantaciones forestales realizadas al uso.
3º) El artículo “Las reforestaciones son incapaces de recuperar la biodiversidad de los bosques bien conservados” (Jesús López, Carmelo Gómez, Estrella Conde, Manuel Rojo, Adrián Escudero y Ana I. García-Cervigón; Revista “Quercus” n.º 482, Abril 2026), que incluye el gráfico de arriba y en el que se concluye que las reforestaciones, incluso con más de 100 años de edad, no llegan a los niveles de complejidad y biodiversidad que alcanzan los bosques naturales maduros, y recomiendan lo siguiente: “La recomendación que emerge de nuestro trabajo es que hay que completar, mantener y extender las redes de bosques maduros. Deben ser estrictamente protegidos porque su biodiversidad es exclusiva para todos los grupos de organismos que hemos evaluado y muy difícil de recuperar. Por otro lado, necesitamos aplicar técnicas de reforestación que ayuden a mejorar la estructura de los nuevos bosques. Dos medidas que pueden ponerse en práctica de inmediato son dejar árboles muertos en pie o en el suelo para que sirvan de refugio y alimento; y promover la diversidad de estratos de los árboles para crear hábitats variados”.
Estos y otros trabajos, así como los conocimientos e ideas aportadas por el amigo F. Luis Domínguez J., Ingeniero Técnico Agrícola, ganadero y experto en la gestión de dehesas, cuya forma de gestión está basada principalmente en la “Agronomía”, que se basa en el suelo y su fertilidad, conservada y aumentada mediante el manejo agro-silvo-pastoral, llevado a cabo por medio de cultivos de herbáceas, sobre todo leguminosas, ya sean silvestres (Trifolium subterraneum), como cultivadas (Lupinus luteus). Así como a través del manejo del ganado y la instalación de cercados temporales, para proteger distintas zonas a lo largo del tiempo (simplificando mucho obligado por la brevedad de este artículo).
A diferencia de la visión “Forestal”, más basada en la “Hidrología” y la “Edafología”, buscando el aumento de la capacidad de infiltración del agua en el suelo y el freno a la erosión, a través de labores que alteran el perfil del suelo (gradeos, subsolados, terrazas o bancales), mediante el uso de maquinaria, con el serio incoveninete (muchas veces minusvalorado) del tremendo impacto en la estructura del suelo y la gran emisión de gases de efecto invernadero que conlleva el uso de maquinaria pesada. Después del desbroce (eliminación de la vegetación competidora) y la preparación del suelo, se realiza la plantación de especies arbóreas colonizadoras (principalmente Pinus), fáciles de producir en vivero, con una elevada tasa de arraigo y supervivencia, capaces de cubrir el suelo con bastante rapidez y productoras de madera, a medio y largo plazo. Una técnica muy similar también ha sido utilizada para la creación de “ecosistemas forestales permanentes”, entremezclando con los pinos algunas frondosas (principalmente Quercus). La actuación finalizaría con la colocación de un cerramiento perimetral (tipo cinegético), con filas de alambre de acero, para evitar la entrada de ganado, cérvidos y jabalíes que podrían dañar las plantaciones. Posteriormente, es necesario realizar reposiciones de "marras" (plantas muertas que no han logrado enraizar), así como las labores selvícolas necesarias para lograr los objetivos planteados en cada caso.
No es que reniegue de la totalidad de la ingente labor realizada por mis colegas forestales durante las últimas décadas, que incluye hitos históricos tan importantes como la Repoblación de Sierra Espuña (Murcia), a cargo del ilustre Ricardo Codorníu, quien, entre 1888 y 1900, repobló 5.000 Ha. de desierto rocoso, empleando principalmente el vilipendiado Pino carrasco (Pinus halepensis). Si bien, hay que reconocer que, en otras zonas, se han cometido graves errores, principalmente debidos a un abuso en el empleo de maquinaria pesada (gradeos todos los años, por no hablar de la barbaridad que supusieron los "aterrazamientos" masivos e indiscriminados).
Tampoco está ayudando la evolución del clima, propiciada por la actividad humana. De forma que, actualmente, estamos asistiendo a la decadencia y muerte progresiva de muchas masas, principalmente repoblaciones realizadas con pinos propios de climas fríos, como el Pinus sylvestris, en zonas relativamente bajas (altitud inferior a 1.200 m.). Así como masas de Pinus nigra ssp. nigra, la variedad denominada “austríaca”, que fue muy utilizada durante los años 70 y 80, en amplias zonas de Castilla y León, La Rioja, Navarra y Aragón, y que, durante las últimas décadas están sufriendo los efectos de las sequías, las olas de calor y las granizadas, que los ponen a merced de la Procesionaria (Thaumetopoea pityocampa), los Barrenillos (Ips y Tomicus), así como el hongo Sphaeropsis sapinea, que están terminando de darles la “puntilla”.
En unas circunstancias como las actuales, con un clima cada vez más variable, extremo y desfavorable; un medio rural despoblado; plagas y enfermedades exóticas; proliferación de fauna herbívora (cérvidos, jabalíes y conejos); y riesgo galopante de incedios forestales; es lógico preguntarse si es conveniente reforestar y, en caso afirmativo, qué plantar, dónde y cómo hacerlo.
Tras la experiencia acumulada durante los últimos 30 años, me atrevo a dar mi modesta opinión al respecto:
En primer lugar, hay que ser realistas y no empeñarse en recuperar el bosque primigenio en todas partes. Suponiendo que, en tiempos pretéritos, hubiera sido cierta la famosa frase atribuida al geógrafo griego Estrabón: “Una ardilla podía cruzar la Península Ibérica sin tocar el suelo, saltando de árbol en árbol” (lo cual ya es mucho suponer). Lo cierto es que, actualmente y de cara al futuro, muchas zonas de la “España mediterránea” no son capaces de sustentar bosques propiamente dichos, sino, a lo sumo, montes adehesados, matorrales y pastizales, más o menos ralos, abiertos y discontínuos.
En el aspecto ecológico, el objetivo debería ser conservar y tratar de extender e interconenctar las escasas manchas de bosques maduros bien conservados que aún nos quedan. Actuando poco a poco y paulatinamente, en sus bordes, aprovechando las épocas (cada vez más breves y escasas) de bonanza meteorológica. Persiguiendo la creación de pasillos o “corredores verdes” que sigan cursos de agua, barrancos y otras zonas favorables preexistentes, como pequeñas manchas de vegetación silvetre.
Para ello, en cada zona (comarca), coordinados por técnicos y Agentes Forestales de la Comunidad Autónoma correspondiente, deberían crearse viveros (dirigidos por un técnico forestal) y equipos de personas que se dedicaran, en primer lugar, a estudiar con detalle las zonas más apropiadas donde poder actuar. Si se viese conveniente reforzar poblaciones o implantar determinadas especies vegetales, se recolectarían semillas de especies autóctonas de la zona, tanto de árboles, como de arbustos, matas y herbáceas, que fuesen de interés para favorecer la fertilidad del suelo (particularmente interesantes son las leguminosas (Fabaceae) por la capacidad de fijar nitrógeno atmosférico en sus raíces); así como la expansión y evolución de las formaciones vegetales en la dirección deseada, osea hacia formaciones cada vez más complejas y evolucionadas. Las plantaciones (en caso de ser necesarias) se realizarían con las especies adecuadas y en los lugares óptimos, utilizando tierra local y micorrizas de hongos locales. Además, con objeto de mejorar la fijación de carbono, la fertilidad, la capacidad de retención de agua, la aireación y proporcionar refugio a los microorganismos del suelo, en el fondo de cada hoyo y cada zanja debe colocarse siempre una capa de “carbón bioactivo” o “biochar”, previamente producido en la zona, utilizando hornos “Kon-Tiki” (de fabricación casera), en los que se introducen restos leñosos de los desbroces, podas y claras que pudieran realizarse. Dicho material vegetal, especialmente las ramas espinosas, también sería utilizado para la protección de los ejemplares plantados, rodeando con él las zonas o ejemplares a proteger. Cuando no se disponga de ramaje espinoso, pueden utilizarse protectores individuales metálicos tipo “cáctus”, que han demostrado su eficacia.
Así mismo, siempre teniendo en cuenta las previsiones meteorológicas locales de los 4 ó 5 días siguientes, durante los episodios más duros de sequía, estos equipos locales de personas también se encargarían de realizar riegos de apoyo; así como la reparación de protectores; tratamientos sanitarios biológicos; escardas; fertilización con estiércol y otros productos naturales; colocación de nidales artificiales para aves insectívoras, refugios para murciélagos y “hoteles” para abejas silvestres y otros insectos beneficiosos. Siempre con la vista puesta en la extensión y conexión de los bosques y ecosistemas naturales.
Desde el punto de vista más productivo, en las zonas (calizas) con altitud suficiente, son rentables las plantaciones con Quercíneas y Avellanos micorrizados con Trufa; así como plantaciones de arbustos aromáticos como Lavanda, Lavandín, Orégano, Romero y Tomillo. En otro tipo de zonas que lo permitan, también son posibles plantaciones con clones de Quercus rotundifolia seleccionados para la producción de fruto (bellotas dulces); plantación de Pinus pinea para la producción de fruto (piñón); plantaciones para fruto y madera de Castaño (Castanea sativa) y Nogal (Juglans regia); plantaciones de madera de calidad con Pomar (Sorbus domestica), Fresno (Fraxinus sp.) y Chopos (Populus sp.).
Resuena en el sombrero: “Soy un Olmo”.- Lorena Álvarez y su Banda Municipal (Asturias (España), 2019).


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