jueves, agosto 06, 2026

EL OCASO DE LAS CONÍFERAS DE MONTAÑA


Hace 20.000 años, cuando el hielo empezó a retirarse de la Península Ibérica, al final de la glaciación Würm, el paisaje se despojó de su espeso manto blanco y comenzó a vestirse de verde, gracias a árboles tan resistentes al frío como el Pino silvestre (Pinus sylvestris), provisto de pequeñas acículas de color verde azulado que producen un bello contraste con el color asalmonado de la corteza de la parte superior de su copa.

En España, debido a las numerosas guerras, la explotación maderera para la construcción de barcos y a los privilegios del Honrado Concejo de la Mesta (1.273 – 1.836), lo cierto es que los montes no se caracterizaban precisamente por la abundancia de densos bosques, sino que predominaban los pastos para alimento del ganado, especialmente los inmensos rebaños de ovejas merinas, cuya apreciada lana, proporcionaba pingües beneficios a los numerosos ganaderos que, durante siglos, recorrieron los ásperos montes de nuestra “piel de toro”.

En ese paisaje pelado, únicamente resistían algunos bosquetes refugiados entre los peñascos de las zonas más escarpadas de las montañas, como el pequeño pinar de la Sierra de Cameros (La Rioja), donde vivían mis padres, a principios del siglo XX. El tibio viento de una tarde de mayo de 1.926, llevó una nube de polen de mi padre, hasta el óvulo de una piña de mi madre, ambos se unieron y se formó un pequeño piñón alado que, esquivando el curvo pico del Piquituerto y los afilados incisivos de la Ardilla roja, logró caer al pie de una roca, en el pequeño hueco existente entre un Enebro y el tronco caído de uno de mis abuelos.

En aquel rincón acogedor, germiné, emití mis primeras acículas juveniles y hundí mi raíz entre el humus y las piedras. A los pocos días, noté en mis pelillos radiculares el dulce cosquilleo de las hifas del Níscalo que se asoció a mí para ayudarme a absorber mejor el agua y minerales tan valiosos como el fósforo, el nitrógeno, el magnesio y el hierro, así como evitar la infección de hongos patógenos; mientras yo, a cambio, le proporciono nutritivos azúcares procedentes de la fotosíntesis de mis acículas.

Pero los momentos felices y agradables fueron muy escasos, ya que aquellos primeros años fueron muy duros y peligrosos. Recuerdo cuando una Cabra lanzó hacia mi brote terminal su terrible dentellada que, afortunadamente, finalmente fue a parar a los brotes de una rama del vecino Enebro protector. A los diez años de edad, logré que mi guía terminal escapase del voraz apetito de los herbívoros, al haber alcanzado una altura de dos metros sobre el suelo, pero entonces, aquel invierno, una gran nevada, seguida de una fuerte ventisca estuvo a punto de quebrar mi joven tronco.

El verano siguiente fue extraordinariamente tórrido y seco, recuerdo que las voraces llamas de un incendio subían ladera arriba, rápidamente cerré mis estomas para evitar que el humo tóxico y ardiente penetrase en mis acículas, cuando noté aterrorizado que la resina de mis canales resiníferos empezaba a evaporarse a una velocidad inusitada, el fuego se paró al llegar a las rocas del pie de la ladera ¡¡¡Bufff!!! Esta vez, sí que creí que no lo contaba!!!

Pasados esos momentos de crisis, lo cierto es que buena parte de mi juventud transcurrió de una forma bastante apacible. Mientras iba creciendo, noté que cada vez había menos ganado en la sierra. La rocosa ladera en la que vivía apenas era visitada por ningún pastor, cazador ni paseante. El único susto que sufrí fue cuando, un verano, a un Corzo le dio por frotar su cornamenta contra la corteza de mi tronco, para despojarse de la borra que la cubre.

Ya en mi edad adulta (aún recuerdo con ilusión cuando, a los cuarenta años, salieron mis primeras piñas), percibí que cada vez cae menos nieve en invierno y que los veranos cada vez son más cálidos, secos y largos. Hace diez años, apareció un nuevo y molesto visitante, fue un nutrido grupo de peludas orugas, creo que los humanos las llaman “Procesionaria”, que tuvieron la desfachatez de empezar a devorar mis acículas y construir un horrible nido de seda en mi guía terminal (quinta fotografía). Afortunadamente, enseguida acudieron mis amigas las aves insectívoras, para librarme de tan molesta plaga.

Sin embargo, yo seguía muy preocupado, ya que no estoy preparado para unos veranos tan secos y calurosos, con temperaturas máximas de 40º C y mímimas de 20º C, durante varios días seguidos!!! ¡¡¡Esto es insufrible!!!

Cada año que pasaba, el clima iba empeorando y yo cada vez me encontraba más débil. Hasta que una triste tarde de junio, el cielo se tornó de un color gris oscuro, se levantaron fuertes rachas de viento y descargó una violenta granizada que tiró al suelo buena parte de mis ramillos y produjo numerosas heridas en mis ramas (segunda foto). Pasada la tormenta, noté un escozor escalofriante, mis canales resiníferos, prácticamente secos, tras varias décadas de sufrimiento, no fueron capaces de sellar las heridas producidas por el granizo, lo cual fue aprovechado por las esporas de hongos oportunistas como Sphaeropsis sapinea (tercera foto) para germinar y penetrar en mi madera. Poco a poco infectaron los extremos de mis ramas y fueron descendiendo hasta llegar al tronco, produciendo mi muerte a los pocos días (cuarta foto). Finalmente, unos diminutos escarabajos perforadores (Ips y Tomicus) excavaran multitud de galerías en mi cambium y mi madera, por debajo de mi corteza, para rematarme e introducir las esporas de los hongos lignícolas que teminarán por descomponer mi madera. Por desgracia, no morí solo, sino que mi triste destino fue compartido por multitud de compañeros de rodal (ver primera foto).

Con este breve relato, narrado en primera persona, he querido describir el decaimiento que están sufriendo no sólo los pinos silvestres, sino también otras coníferas de montaña como el Abeto blanco (Abies alba), el Abeto rojo (Picea abies) y el Pino laricio (Pinus nigra), en toda Europa.

Resuena en el sombrero: La Marcha fúnebre de Sigfrido (El Ocaso de los Dioses).- Richard Wagner (Leipzig (Alemania), 1.876).

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