martes, febrero 07, 2017

LA GANADERÍA EXTENSIVA EN EL SIGLO XXI





Parece increíble, pero en un mundo en el que predomina la sociedad urbana y la cultura del ocio, todavía existen jóvenes interesados en trabajar en una actividad secular como la ganadería extensiva, jóvenes que, inexplicable y milagrosamente, son llamados por una vocación de esfuerzo, sacrificio y entrega a su ganado. No, no estoy loco, lo he visto con mis propios ojos y lo he escuchado en diversos actos y programas realizados hace pocos días, tales como: La jornada sobre “Ganadería extensiva” organizada por la Consejería de Agricultura, Ganadería y Medio Ambiente del Gobierno de La Rioja en el salón de actos del Centro de “La Grajera”, el pasado 26 de enero (cuyo cartel figura en la 1ª foto), con gran asistencia de público, incluidas no pocas mujeres; el programa de televisión “Aquí la Tierra”, en la 1, que mostró la ilusión con la que un joven urbanita había regresado a su tierra, en la Sierra de Irati (Navarra), para hacerse cargo de su rebaño de ovejas, aprendiendo el oficio de un joven ganadero ya instalado en la zona; o ese otro programa de TV, “El escarabajo verde”, en la 2, en el que jóvenes catalanes aseguraban que existe una gran demanda por asistir a las escuelas de pastores y que, cuando terminan su formación, su gran ilusión es conseguir un trozo de tierra con pastos para poder ejercer su profesión.

Las únicas explicaciones que se me ocurren a este hecho son las siguientes:

-       La dificultad de encontrar un trabajo digno.

-       La necesidad de contacto con la Naturaleza.
-        
-       Ser autónomo, ser tu propio jefe, lo cual, en combinación con el punto anterior, supone alcanzar un anhelo de libertad.

Una libertad que contrasta con la opinión tradicional de las gentes del campo que siempre han considerado el trabajo de pastor o ganadero como una auténtica “esclavitud”.

Una vez enfocado el tema desde un punto de vista más bien psico-sociológico, pasemos a analizar la realidad económica y ecológica del sector:

En “El escarabajo verde”, los jóvenes pastores noveles catalanes se quejan de la dificultad de encontrar un terreno donde poder comenzar a ejercer su profesión, debido a la desconfianza de los propietarios, al elevado precio de los arrendamientos de las tierras y a las enormes trabas administrativas.

Si bien, en Andalucía se mostró el buen funcionamiento de los acuerdos firmados por la Administración autonómica y los ganaderos locales para que estos últimos mantengan limpias de matorral y hierba alta (pastando con su ganado) las áreas cortafuegos y las fajas auxiliares de los caminos, unas infraestructuras fundamentales en la prevención y lucha contra los incendios forestales.

Por otra parte, en La Rioja, los ganaderos se quejan de la enorme dificultad de compatibilizar la ganadería extensiva con la existencia del lobo, en lenta expansión en todo el norte y centro peninsular, siendo una especie estrictamente protegida por la normativa europea al Sur del río Duero.

La actividad ganadera ha permitido el desarrollo de la Humanidad en los últimos 5.000 años, sobre todo en las zonas más áridas y frías del planeta, donde el único recurso disponible es el pasto, más bien habría que hablar de pastos, entendidos como todos aquellos productos vegetales que sirven de alimento a animales herbívoros domésticos o silvestres, existiendo una importante diferencia entre los denominados “leñosos” y los “herbáceos”, ya que los primeros, árboles y arbustos, siempre resultan dañados por el ramoneo o corte de sus brotes, ramas, hojas, flores y frutos; mientras que en los “herbáceos” se cumple la llamada “paradoja pastoral”, ya que el ganado, al morder las hierbas con cierta periodicidad y defecar sus excrementos sobre el suelo, no sólo no daña sino que acelera el crecimiento y mejora la productividad. Si bien hay que tener en cuenta otra realidad ecológica, los pastizales constituyen una etapa inicial en la serie evolutiva de la inmensa mayoría de los ecosistemas en clima templado, y no ofrecen una protección suficiente al suelo, por encima de determinadas pendientes del terreno, en función del tipo de roca a partir de la cual se forma el suelo. Nunca hay que perder de vista el suelo, ya que es uno de los elementos fundamentales en el que se sustenta toda la vida.

Por lo tanto, resulta de suma importancia mantener una cierta proporción, un delicado y complicado equilibrio dinámico entre pastos, matorrales y bosques.

Además, desde el punto de vista legal, estamos obligados a conservar las razas autóctonas de ganado, así como una serie de hábitats y especies silvestres amenazadas a nivel europeo, constituyendo o viviendo la mayoría de ellos en pastizales y bosques, siendo la mayoría de las especies protegidas de animales terrestres, grandes depredadores (linces, osos, lobos y águilas) o bien especies propias de pseudoestepas cerealistas (avutarda, sisón).

En el ámbito mediterráneo, el ser humano ha sido capaz de crear un hábitat que aúna y optimiza muchos de estos objetivos, como es la dehesa, se trata de un bosque constituido por un estrato arbóreo poco denso, bajo el que crecen los pastos sin apenas ninguna competencia del matorral. En la 2ª foto podemos ver el aspecto invernal de una de las escasas dehesas que hay en La Rioja, una atípica dehesa de montaña con robles, arces, hayas y acebos, en el Alto Najerilla.

Las dehesas y la inmensa mayoría de los pastizales son ecosistemas que podríamos llamar “seminaturales”, en el sentido de que precisan de un manejo humano para su mantenimiento y conservación, una gestión que siempre implica un aprovechamiento ganadero.

Desde el siglo XVI hasta finales del XX, la carga ganadera de la inmensa mayoría de los montes ha sido elevada, a menudo se empleaba el fuego para desbrozar los pastos, y el aprovechamiento de las leñas por parte de la población rural era enorme, por lo que el bosque era destruido o, en el mejor de los casos, no conseguía regenerarse de manera adecuada. A partir de los años 80, el progresivo despoblamiento del medio rural ha conseguido que se invierta esta tendencia y, en la actualidad, podemos decir que los ecosistemas más escasos y amenazados son esos mencionados pastizales “seminaturales”, mientras que el avance del matorral, el bosque y su fauna asociada, como cérvidos y jabalís, resulta evidente, a pesar de los incendios forestales, para cuya prevención la ganadería extensiva es una herramienta imprescindible.

Es decir, que “ni tanto ni tan calvo”, por eso, aunque a los ingenieros de montes nos tiran más los árboles y el bosque, debemos ser realistas y decir sin tapujos que, en estos momentos lo que precisa de más apoyo y ayudas públicas son los pastos, el ganado y los ganaderos, especialmente el ganado ovino y caprino, por tener los condicionantes siguientes:

-         El manejo de este ganado requiere del trabajo de personal (pastores y esquiladores) y perros especializados (patores y mastines).

-         El consumo de la carne de ovino y caprino ha disminuido mucho, siendo su precio similar al que tenía hace 30 años.

-         El aprovechamiento de la lana resulta antieconómico, ya que una oveja produce un kilo de lana al año que se paga a 0,18 €/kg, mientras que esquilarla cuesta 1 €/oveja.

-         La existencia del lobo resulta polémica y problemática, exigiendo un complejo diálogo y consenso socioeconómico.

Debiendo distinguir la casuística y la muy distinta problemática existente en dos entornos muy diferentes, como son, por un lado, la montaña despoblada; y por otro, el aprovechamiento de los eriales, pastos, barbechos y ribazos colindantes con cultivos, urbanizaciones y polígonos industriales, en entornos periurbanos.

Las vigentes ayudas cofinanciadas con fondos europeos de la Política Agraria Común (P.A.C.) además de ser excesivamente complicadas y generar una burocracia monstruosa, resultan claramente ineficaces en los países montañosos como el nuestro, ya que el llamado “coeficiente de admisibilidad de pastos” excluye de las ayudas a las zonas boscosas, rocosas y con fuertes pendientes.

Si de verdad se quisiera ayudar a los pequeños agricultores y ganaderos que realmente habitan en el medio rural, especialmente en las zonas de montaña más despobladas, sería mucho más sencillo, barato y eficaz hacerlo mediante una correcta política fiscal gestionada fundamentalmente por el Ministerio de Hacienda, que es quien conoce los ingresos, los gastos y las circunstancias socioeconómicas de todas las personas físicas y jurídicas de nuestro país, sin necesidad de crear un ejército de funcionarios en la Comisión Europea, los Estados miembros y las CCAA exclusivo para la gestión y el control de dichas ayudas (como sucede actualmente), contando con la imprescindible colaboración de los departamentos (consejerías) de agricultura, ganadería y medio Ambiente de las CCAA, que son quienes controlan la calidad de las explotaciones y las actividades que se realizan sobre el terreno, mediante muestreos, inspecciones y controles, adecuados y proporcionados a cada actividad.

Otra medida lógica para ahorrar dinero y dedicarlo a los sectores que realmente lo necesitan sería reducir las ayudas destinadas a la reforestación, ya que estamos viendo que el bosque no precisa de ayuda para aumentar su superficie, en estos momentos y en Europa, pudiéndose limitar este tipo de inversiones a las plantaciones productoras de madera (choperas, nogales, cerezos, serbales) o de trufas (encinas, robles y avellanos micorrizados).

Tampoco es justo que el trabajo de pastor roce la “esclavitud”, por muy voluntario que sea y aunque ya se sepa que “sarna con gusto no pica”. Los ganaderos también tienen derecho a disfrutar de algo de tiempo libre y de unas merecidas vacaciones, por lo que lo lógico sería que cada rebaño estuviese a cargo de dos pastores o al menos en una proporción de 3 pastores por cada 2 rebaños, dependiendo del tamaño de los mismos y procurando optimizar el número de cabezas por rebaño.

Por eso, he llegado a plantearme si no empezaría a resultar rentable la creación de un cuerpo de “funcionarios rurales multifuncionales” para la gestión de las zonas de montaña. Todos conocemos la utilidad de los agentes forestales o medioambientales, pero si, al final, resulta que para una comarca de 1.600 Km2 basta con que haya 4 personas para gestionar correctamente el ganado y las infraestructuras rurales, las CCAA podrían “cubrir esas plazas” con personal funcionario o laboral “ad hoc”, seleccionado y formado para que realicen múltiples funciones relacionadas con la gestión y el seguimiento de la flora, la fauna, las tierras, el agua y el paisaje de nuestros montes, un personal que, además, desarrollaría una actividad económica de mercado, produciendo bienes y servicios que contribuirían a enriquecer las arcas públicas, rentabilizando o disminuyendo considerablemente el coste de dicho personal, además de contribuir a evitar el despoblamiento del medio rural. Si bien para ello sería imprescindible contar con el respaldo jurídico apropiado, mediante leyes, reglamentos, acuerdos y convenios que integrasen tanto a los propietarios públicos (ayuntamientos, mancomunidades, CCAA y Estado) como a los privados, de una manera consensuada y justa para todas las partes implicadas.

Resuena en el sombrero: “Cowboys like us”.- George Strait (Texas, 2003). Ya sé que los vaqueros norteamericanos tienen muy poco que ver con nuestros pastores carpetovetónicos, pero me gusta el espíritu de sana libertad natural que destila esta canción, y el ambiente de camaradería y cierta modernidad que se respira en el vídeo. Y lo cierto es que tampoco he encontrado ninguna canción española (salvo alguna rareza del folclore y el “Koala”, en plan más pop) que trate el tema de la ganadería.